febrero 06, 2007

USURPACIÓN, Beatriz Guido

(...) Mi hermana gemela Victoria y yo poseíamos un parecido tal que maravillaba a la peonada. Y no sabían ellos tampoco que rompíamos el más revolucionario de los inventos argentinos; nuestras huellas digitales eran idénticas. Sobre todo, la del pulgar derecho, y la del izquierdo era discutible, porque solo un poderosísimo lente de aumento podía identificar una sombra en la línea media, decía mi padre, cuando tenía que ir a buscarme a Bella vista, adonde solía escaparme en las épocas de peonada, con algunos misioneros que me calentaban la sangre. (...) Pero después del infortunado accidente que dejó a mi hermana paralítica para siempre en una silla –ante nuestros ojos mi padre estacó crucificado al bastardo tordillo que la había arrojado entre las lianas y las hojas de tabaco, y lo dejó morir devorado por los buitres- y nadie pudo explicarse la fatalidad incuestionable de la caída. Desde entonces hasta hoy Victoria, cuya risa, cuya ternura no desaparecieron nunca y el llanto, pienso, fue ofrenda silenciosa, se convirtió en la más feliz de las mortales y en el único objeto adorado de mi padre. Él no disimulaba ante mí la obligación que tenían en el pueblo de elegirla reina de los Juegos Florales, y el premio consistía en un viaje a Buenos Aires para la coronación del poeta provincial, a quien ella ceñía las sienes con hojas de tabaco. Cuando mi padre volvía borracho a las tres de la mañana de Empedrado o de Goya, Victoria lo esperaba con candial y leche tibia y él le besaba los pies y las manos, mientras mi madre dormía sentada por temor de aplastar su enlacada 2 cabellera. A veces, para los días de Semana Santa, su fecha de casamiento, vestía a Victoria con su traje de novia y, para no ofenderme, me disfrazaba de novio y jugábamos a una falsa ceremonia, donde Victoria era ella y yo mi padre, con un chaplinesco jaquet y una camisa almidonada, con botones de perlas y brillantes. Quizá era la única vez que durante el año veía a mi madre reír sin temor a que sus arrugas quedaran impresas en su traslúcida piel de muñeca. (...) Nuestra casa era el blanco de agresividades: antorchas encendidas, botellas y piedras de barro que arrojaban. La respuesta era un balazo en la frente disparado por el guardián que velaba nuestro sueño, entre balaustradas de mármol o desde el torreón que todavía se conserva. Cuántas veces Victoria y yo veíamos recoger el cadáver y encontrar al día siguiente, en cualquier lugar de la selva, la tierra removida y las dos callábamos porque sabíamos que debajo de ella yacía el cuerpo de un bracero enloquecido por el vino chinche de nuestros almacenes de Ramos Generales. Pero yo no les temía. Desde los catorce años, cuando un hermano de mi padre me desvirgó debajo del piano de cola de la sala y después seguimos tomando el té con huevos kimbos, mojados en anís, y sospeché que la división de nuestro cuerpo en el feto materno me había dado una absoluta impunidad para el embarazo, comencé a sentir que podía y curiosamente necesitaba, para no aburrirme del todo, satisfacer como un hombre, sí, como ellos mismos, la necesidad de conocerlos en sus gritos, en sus aullidos, en las formas indiscriminadas de sus cuerpos. Jamás pude eliminar el asco que me producía el olor a alcohol característico de todos ellos, pero las pastillas Sen-Sen y los extractos de Myrugia importados que se vendían en los almacenes, me ayudaron a sobrellevar esa diversión sin remordimientos, que me hacía atravesar, bajo el sol caliente, las largas siestas hasta el extremo del río, para encontrarme con aquél que solamente me había mirado, o me había ayudado a bajar del caballo, o los trashumantes de algún circo fortuito, equilibristas de show, que su efímero paso por el pueblo me los hacía inmunes a la calumnia. (...) Sin diálogo, desaparecía embrujada por la pasión y el éxtasis, siempre alcanzable, y no me importaba sostener la mirada de un peón o de un capataz los domingos en Misa o en los grandes asados con que mi padre festejaba su fortuna, su impiedad y sus dividendos. (...) Yo notaba en Victoria el terror que le producían mis acompañantes cuando, en las siestas de los largos almuerzos, llevaba a descansar, como le decía púdica y procazmente a mi hermana Vicky, a mi afortunado y temeroso acompañante. Ellos huían mientras su hombría disimulaba su terror, porque decían escuchar en las paredes de la trampa de las caballerizas o de las bodegas, los gemidos de las almas de los innecesarios habitantes e ignorantes indios Matacos. Y mientras mi éxtasis se avivaba ante el terror y el desprecio, imaginaba el relato que, poéticamente, desvirtuaría ante los ojos deslumbrados de Victoria. -¿Te gustaría que nos sirvieran esta noche lomo de indio achicharrado? -Ya no hay indios –repetía Victoria-. Son todos mestizos. (...) No faltaron los viajes a Buenos Aires y a Suiza en busca de algún remedio para un caminar que, pienso yo, Victoria tampoco deseaba. (...) Su única amistad viril era la de Pablo Fuentes, un muchacho que vivía a la entrada de la ciudad de Mercedes con su madre, cuyo padre fue muerto en una refriega en una de las barracas. Pablo creció con nosotros en bondad y sabiduría porque todos los días viajaba a la ciudad de Corrientes para terminar sus estudios de Medicina, que penosamente solventaba con el oficio de enfermero, aplicando inyecciones en la farmacia de Santa Lucía y conduciendo una ambulancia, tal vez la única del pueblo, que mi padre había regalado al Municipio y, como no había quién la manejara, pasó a ser propiedad exclusiva de él, entonces apenas un adolescente. Pablo era alto, robusto, con una pequeña desviación en los ojos. Había sido monaguillo de niño hasta que mis primos, los de Resistencia, y yo, le pusimos un petardo debajo de la sotana un domingo de Ramos. Además, no soportó ni pudo soportar el escarnio y las risas en las procesiones hasta que nos confesó que llevaba el palio y ayudaba a dar Misa por un simple plato de feixoada o de arroz o una planta de tabaco. (...) Pero Vicky y él tenían un mundo muy particular. Un oficio de bondad que crecía con el tiempo, una ayuda al prójimo que me repugnaba: no había incendio en el que él no se pusiera un casco de bombero para ayudar a evacuar gente en las quemas provocadas en los campos cuando la temperatura pasaba de los 40 ºC a la sombra. Y yo, para provocarlos tal vez, ejercitaba mi crueldad dejando morir de sed a los perros domésticos de la casa o a alguna gata que acababa de parir. Pensaba que así sus aullidos en la noche, justificaban las leyendas despiadadas que corrían por el pueblo. (...) Mi intención no fue ser cruel, pero le dije: -Y vos, ¿qué hacés con Pablo? ¿Me vas a decir que ni siquiera te ha besado? Comprendí que había abierto las compuertas y sus ojos respondieron buscando, no sé aún, mi piedad o mi silencio. Entonces decidí espiarlos.
(Continuará)

1 comentario:

Anónimo dijo...

Hola Buitron. Gracias por la invitación y mucha suerte con el emprendimiento. Que escabroso el cuento. Me dan ganas de seguir leyendolo.
Vicky no es V. Ocampo? Es decir, no está haciendo como una semblanza de Victoria y Silvina este cuento.
me gustaria conocer la opinion de los demas que entren.
juan